
Si México realmente combatiera el crimen organizado, robustecera sus instituciones democráticas y honrara el Estado de derecho, Trump no tendría espacio para sus amenazas.
El retorno de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos se presenta con su amenaza de aumentar los aranceles a productos de México, su propósito de expulsar a miles de migrantes de México y su estrategia de catalogar a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas. Esto ha provocado la ira del gobierno de México.
Como se anticipaba, la reacción oficial ha sido un llamado a la “unidad nacional”, que parece más dirigido a inculcar en la opinión pública la narrativa de un supuesto adversario externo que pone en peligro la soberanía nacional.
La táctica de “abrazos, no balazos” no solo ha fallado en controlar la violencia, sino que ha facilitado la expansión territorial y política de los cárteles. Ya no solo la criminalidad organizada controla las rutas de tráfico de drogas; actualmente establece gobiernos locales, cobra tributos ilícitos a los negocios y mantiene comunidades completas bajo un régimen de terror. En este escenario, resulta cómico que la reacción oficial a la amenaza de Trump sea un supuesto resguardo de la soberanía, cuando en realidad dicha soberanía ha sido otorgada a grupos delictivos.
Adicionalmente, este exhorto a la unidad resulta aún más cínico al considerar la proximidad del gobierno de México con regímenes autoritarios en América Latina, como Venezuela. La reciente intervención en la manifestación de Nicolás Maduro es un ejemplo más de la política internacional en sintonía con dictaduras populistas. Aunque el gobierno proclama el respeto a la democracia y la no intervención, apoya a dirigentes que han aniquilado sus propios países. Esta doble moral solo proporciona a Trump más razones para describir a México como un Estado inoperante.
La dificultad no radica en la retórica de Trump, sino en la realidad que posibilita que sus declaraciones se propaguen. Si México realmente combatiera el crimen organizado, robustecera sus instituciones democráticas y honrara el Estado de derecho, Trump no tendría espacio para sus amenazas. Sin embargo, la apatía gubernamental, su complicidad con el tráfico de drogas y su respaldo a las violaciones a los derechos humanos a nivel global solo lo han hecho un blanco sencillo.
La interrogante es, ¿con quién estamos unidos? ¿Con quien aniquiló la autonomía judicial y las entidades autónomas? ¿Con el creador de la engañosa sobrerrepresentación y la “supremacía constitucional”? ¿De qué manera adquiere senadores? ¿A quién acata sin cuestionar cada atrevimiento autoritario de López Obrador? ¿Unión con aquellos que han fragmentado y polarizado a los mexicanos?
No requerimos de la unidad con el gobierno de Sheinbaum. No podemos unirnos a aquellos que han normalizado la violencia, mermado la democracia y puesto en juego nuestra soberanía con delincuentes y tiranos. La auténtica unión debe ser entre los ciudadanos, demandando seguridad, equidad y, principalmente, un gobierno que se enfoque en los ciudadanos y no en mantenerse en el poder, no podemos ser parte de la impunidad.