2018: la elección donde la democracia mexicana se bañó en sangre
No fue una contienda electoral: fue una masacre política. Y México aún no entiende el tamaño del horror.
La elección de 2018 no fue solo la más grande de la historia. Fue la más sangrienta de las últimas décadas. Mientras los partidos hablaban de esperanza, cambio y transformación, el país estaba contando cadáveres.
Entre septiembre de 2017 y junio de 2018, México vivió un proceso electoral que debería avergonzar a cualquier democracia:
- Más de 150 políticos asesinados, según Etellekt.
- Más de 700 agresiones contra actores políticos.
- 48 candidatos ejecutados antes de llegar a las urnas.
- La mayoría eran aspirantes locales, los más expuestos y los menos protegidos.
La democracia mexicana se celebró en urnas, pero se escribió con sangre.
No fue casualidad: fue un patrón
La violencia política en México no nació en 2018. Se venía incubando desde la militarización de 2006, cuando el país entró en una espiral que ningún gobierno logró contener.
- PRI: pactos silenciosos, control territorial, corrupción estructural.
- PAN: guerra frontal, fragmentación de cárteles, municipios abandonados.
- PRI (Peña Nieto): espionaje, simulación, colapso institucional.
Para 2018, los grupos criminales ya no solo disputaban rutas o plazas: disputaban gobiernos locales.
Querían alcaldes, regidores, policías municipales, direcciones de obra pública, tesorerías. Querían el poder que firma permisos, controla patrullas y decide quién vive y quién muere.
La violencia dejó de ser un efecto colateral: se convirtió en estrategia electoral.
El crimen organizado como árbitro de la democracia
En cientos de municipios, el crimen organizado decidió quién podía competir y quién no. Si un candidato no aceptaba “alinearse”, lo asesinaban. Si un partido no negociaba, lo amenazaban. Si un funcionario no obedecía, lo desaparecían.
La democracia mexicana quedó secuestrada por grupos criminales que operaban con absoluta impunidad.
Y el Estado, debilitado, infiltrado y muchas veces cómplice, no pudo —o no quiso— detenerlos.
2018: esperanza arriba, terror abajo
Mientras las grandes ciudades discutían encuestas, debates y promesas de campaña, en los municipios rurales la conversación era otra:
- “¿Quién será el próximo asesinado?”
- “¿Qué grupo va a controlar la alcaldía?”
- “¿Cuántos candidatos faltan por caer?”
La llegada de Morena al poder federal en 2018 fue interpretada como un cambio histórico. Pero en el terreno local, la violencia no disminuyó: se transformó.
La polarización política, el discurso hostil desde el poder y la falta de protección institucional crearon un ambiente donde la violencia siguió siendo parte del proceso electoral.
No se mataban por ideología. No se mataban por proyectos. Se mataban por llegar al poder.
La democracia mexicana: un sistema donde participar puede costar la vida
Los asesinatos de 2018 demostraron que:
- El crimen organizado influye en elecciones.
- Los partidos negocian en lo oscuro.
- El Estado no protege a quienes participan.
- La impunidad es la regla.
- La democracia mexicana está incompleta, fracturada y secuestrada.
La pregunta no es por qué matan políticos. La pregunta es por qué pueden hacerlo.
protestar es obligatorio
México no puede seguir normalizando que competir por un cargo público sea una actividad de alto riesgo. No puede aceptar que la democracia dependa de pactos criminales. No puede permitir que la violencia sea parte del proceso electoral.
La protesta es necesaria. La denuncia es urgente. El país no puede seguir votando entre cadáveres.
La democracia no se construye con miedo. Y mientras la violencia política siga siendo parte del sistema, México seguirá siendo un país donde la verdad, la justicia y la participación ciudadana viven bajo fuego.
