2026-07-21
silencio impuesto

La censura y el miedo siguen marcando el trabajo de miles de periodistas locales en México.

Durante más de dos décadas, México ha transitado entre gobiernos de distintos colores, pero la libertad de prensa ha permanecido bajo asedio. Del control mediático del viejo PRI al acoso judicial del PAN, pasando por la violencia desbordada del sexenio priista de Peña Nieto y la estigmatización sistemática bajo Morena, el resultado es el mismo: un país donde informar se ha vuelto un acto de riesgo.

El fin del régimen priista en el año 2000 prometía una nueva era de transparencia. Sin embargo, el gobierno de Vicente Fox heredó una estructura mediática dependiente del poder: la publicidad oficial seguía siendo el principal mecanismo de control. Con Felipe Calderón, la guerra contra el narcotráfico convirtió a los periodistas en blancos colaterales. Entre 2006 y 2012, más de 80 comunicadores fueron asesinados, según la CNDH, y la autocensura se consolidó como estrategia de supervivencia.

El retorno del PRI con Enrique Peña Nieto trajo una sofisticación del control: espionaje digital con Pegasus, compra de líneas editoriales y criminalización de la crítica. La libertad de prensa se convirtió en un espejismo sostenido por discursos de modernidad y reformas estructurales.

Con la llegada de Morena en 2018, la narrativa cambió, pero el fondo se agravó. El presidente Andrés Manuel López Obrador convirtió sus conferencias matutinas en un espacio de confrontación directa con los medios. Frases como “prensa fifí”, “pasquines”, “chayoteros” y “conservadores” se volvieron parte del vocabulario oficial, estigmatizando a periodistas críticos y debilitando la confianza pública en la prensa independiente.

Según Artículo 19, México es el país más peligroso para ejercer el periodismo en América Latina:

  • Más de 160 periodistas asesinados desde el año 2000.
  • 90 % de los casos sin sentencia.
  • Más de 700 agresiones documentadas solo en el sexenio de López Obrador.

La violencia física se combina con la violencia simbólica: el discurso presidencial ha normalizado la idea de que quien cuestiona al poder es enemigo del pueblo.

La censura ya no necesita clausuras ni órdenes judiciales. Hoy se ejerce mediante el miedo, la estigmatización y la precariedad económica. Los medios locales dependen de la publicidad oficial, los periodistas trabajan sin protección ni salario digno, y las instituciones encargadas de garantizar su seguridad —como el Mecanismo de Protección Federal— carecen de presupuesto y voluntad política.

El resultado es un ecosistema informativo fracturado, donde la verdad se negocia y el silencio se compra.

La libertad de prensa es el termómetro de una democracia. Y en México, ese termómetro marca fiebre. Mientras los gobiernos cambian de color, el patrón se repite: control, miedo y silencio. El poder político, sin importar su bandera, ha aprendido que callar a la prensa es más fácil que convencerla.

El silencio impuesto no solo mata la verdad: mata la confianza pública. Y cuando el poder celebra ese silencio, la democracia se convierte en una simulación.

Serie editorial: Libertad de prensa en México: tres miradas desde el silencio

Próxima entrega: Periodismo digital sin protección

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